miércoles, octubre 19, 2005

A ti te he visto…

Todos los días, caminando cerca de la estación del Metro, veo a la misma persona. Alto, con anteojos, con el pelo como un chocolito mascado –negro con un mechón canoso-, con un maletín y con zapatos negros.

Casi siempre igual. Y casi siempre me digo lo mismo: a éste yo lo he visto antes, lo conozco. Pero nunca logré descubrir quién era realmente ni de dónde o por qué lo conocía. Hasta que hace unos días, en un restaurant, lo vi. Yo comía tranquilamente y él se me acercó, caminando igual que todas las mañanas y me dijo: ¿le tomo la orden? Ahí está. Era el mozo del restaurant. Quizás cuantos churrascos me había servido y yo no fui capaz de reconocerlo.

No le pedí nada, le dije que todos los días lo veía cerca del Metro y nunca me había atrevido a saludarlo porque no sabía muy bien quién era. Le pregunté su nombre, supe que trabajaba hace casi tres años en el mismo restaurant, 41 años, de Osorno, dos hijos, separado. Todo, en menos de dos minutos. Lo raro fue que me dijo que nunca camina por ahí.

Yo quedé sorprendido, pero él parece que más. Estoy seguro que era él. Y esa seguridad mía fue la que hizo que mi nuevo amigo se despertara más temprano de lo normal y fuera a dar una vuelta por cerca del Metro.

Es lindo cuando la familia se une. Cuando los hermanos se encuentran. Y mejor, cuando hace más de 40 años que no se veían.

viernes, octubre 14, 2005

Qué pasa cuando tu compañero de trabajo no viene

El cansancio mucha veces nos pasa la cuenta. Así le pasó a un amigo.

Para proteger su anonimato, lo llamaremos… el señor… "X".
Un día, yo llego tranquilo a trabajar a la hora de siempre y lo primero que hago es contestar el teléfono. Es la señora... "Y", señora del señor "X". Y me dice que Paul no va a poder venir porque le duele la cabecita y se siente muy, pero muy mal.

Yo, siempre confiado, le digo que no se preocupe, que si él se siente mal es mejor que descanse, que supere su dolor.

¿Qué pasa cuando tu compañerito de trabajo no viene?

A la corta, no importa. Yo seré capaz de cubrirle las espaldas, poner cara de preocupación cuando nuestro jefe me pregunté por él, hacer lo que el tenía que hacer, contarle a todos que hoy no va a poder venir, pedirles a todos que recen por él, por su salud y por su pronta recuperación.

Y así pasa el día. Trabajando… el doble y rezando mientras me miran.

Mientras el enfermo señor "X" hace slaloms largos y se echa crema para mañana no dar señales de enfermedad.

Qué linda es la vida.



martes, agosto 23, 2005

Ha llegado carta

Ser cartero de campo es un trabajo en exceso difícil.

Puede parecer relajado, la vida al aire libre, los animalillos corriendo, el canto de las aves, el aire puro, la tranquilidad, el sol, el viento acariciando los rostros…
Pero cuando hay que recorrer un kilómetro para llegar a la casa del vecino y el sobrepeso es evidente, las cosas se complican.

El colesterol, el azúcar, el exceso de carbohidratos y el consumo indiscriminado de mate fueron fatales.


Eran sólo cinco las cartas que tenía que entregar. Y dos, eran en el mismo lugar. No para la misma persona, pero en el mismo lugar.

Pero no pudo. Su cuerpo no pudo aguantar el calor que hacía a las dos de la tarde. Cayó desplomado. Y a los cinco minutos un perro lo lengüeteaba y mordía la correspondencia.


Dos horas después, su pequeño hijo, que soñaba con algún día convertirse en el cartero del pueblo, volvía de la escuela y lo vio. En el suelo, sin respirar, junto a un perro. Y llorando junto a su progenitor, se prometió nunca en su vida tomar mate. Quería ser el mejor cartero del mundo.


viernes, agosto 05, 2005

La memoria es frágil


Hay gente a la que le gusta hacer listas.
Hace un listado para todo.
Cosas que tiene que traer del supermercado.
Cosas que tiene que comprar en la farmacia.
Teléfonos.
Buenos restaurantes.
Lo que se tiene que acordar.
Ex compañeros de curso que le gustaría saludar.
Ex compañeros que no le gustaría ni recordar.
Ex novias.
Lo que debe olvidar.
Lugares que ha visitado.
Que le gustaría visitar.
El tiempo que duraron.
La comida de la semana.
Cosas que necesita.
Las cosas que le gustan.
Cosas que odia.
Las platas que tiene.
Nombres de usuario y las contraseñas.
CDs que tiene.
CDs que se le perdieron.
DVD que le gustaría tener.
Lo que le van a pedir al Viejo Pascuero.
Lo que ya le trajo.
Y si algo se olvida, es porque realmente no es tan importante. Ya se acordará.



jueves, agosto 04, 2005

Amor a distancia

Es muy común que los niños, sobre todo los más chicos, recuerden cosas durante mucho tiempo. Hay cosas para ellos que son inolvidables.

En un largo viaje al sur, el niño acostumbraba sacar la cabeza por la ventana para recibir el viento en la cara. Era increíble. Era como volar. Como Peter Pan.

Después del quinto "entra esa cabezota", el niño apoyó su cabeza en el vidrio, taimado. Ahí la vió. A una vaca, blanca con manchas negras, gordita, simpática, con un cencerro dorado. Muy tierna. Inolvidable.

Pero esta vez fue mutuo. La vaca se enamoró. A primera vista. Había visto a cientos de niños apoyados en las ventanas, pero éste fue especial. Su rostro medio triste y sus ojitos llorosos la conmovieron, como nunca antes.

Aunque en ese momento supo que nunca más lo vería, hizo una promesa. Una promesa que nunca olvidó.

Tiempo después, a kilómetros de distancia, el niño tomaría el desayuno más sabroso de su vida.

miércoles, agosto 03, 2005

Clandestino


El mundo de las apuestas clandestinas es vertiginoso. Adrenalínico. Los altos montos que se suelen manejar, unidos a la presión de no ser descubiertos, hace de Bet&Bets un suburbio lleno de atractivo para muchos.

Además, queda en un barrio lleno de estilo suburbano, donde cuesta mucho llegar, hay que saber contraseñas, guiñar ojos en el momento oportuno y golpear tres veces. No una, ni dos, ni cuatro. Tres veces. Y la segunda y la tercera, casi juntas.


Los que lograr llegar, saben a lo que van. Llevan moneda internacional y en efectivo. Los billetes de uno, de cinco y de diez son para las propinas. El resto, se juega. Y los billetitos nunca van solos. Van en grupitos. De hartos.

Uno llega al sótano de B&B, respira el humo de los puros, recibe el trago a elección y a apostar se ha dicho. La pasión es sublime. Los ojos brillan. Las manos sudan, las rodillas tiemblan. Hay mucho dinero en juego.

El bigotón del puro cubano puso cien mil. El abuelo, lo mismo. El que parece ruso, se juntó con el de boina y juntos apostaron ciento cincuenta. La señora de gris con la chaqueta verde, no sé de dónde sacó, pero puso quinientos.

Estaba todo listo. La expectación es increíble. Las carreras clandestinas de tortugas son una verdadera pasión.


martes, agosto 02, 2005

Hasta siempre

Las despedidas son cosa seria.
Sobre todo cuando hay ropa negra y flores de por medio.

Ella, cual viuda, vestía un pantalón negro, una blusa y un chaleco negro, apropiado para el invierno. Sostenía con cierta incomodidad un ramo de rosas, que con tanto movimiento pensó en dejar a un lado. Pero no, se mantuvo firme, siempre cargándolas.

Según muchos, ella no exageraba. Sus llantos eran normales y sinceros. No armó ningún gran escándalo, eso hay que reconocerlo. Pero su tristeza se notaba. Y desde lejos.

La soledad que iba a vivir la atormentaba. No se veía sola, sin alguien a quien saludar, con quien conversar, con quien salir a comprar, con quien reírse, ver televisión, cocinar. Se quedaba sola. Sin él. Sola.

Mientras más pensaba, más triste se ponía. Quizás por eso se movía de un lado para otro, saludando, dando indicaciones. Como tratando de olvidar. No quería parar.

Pero tarde o temprano, el último momento llega. Lloraba más que nunca, desconsolada, totalmente desconsolada. De negro, con las rosas en la mano, viendo como partía. Y él, con esa pequeña sonrisa que lo caracterizaba, se despidió.

Total, seis días y cinco noches en Cancún, pasarían rápido. Volvería y todo sería igual.


lunes, agosto 01, 2005

Cadena de oración

Es en esos momentos donde la fe aflora.
En esos momentos difíciles, donde la persona se ve tan pequeña ante una situación tan incontrolable.
No se puede hacer nada. Sólo cerrar los ojos, agachar la cabeza y esperar.


Él estaba solo. En un lugar lleno de oscuridad, que no conocía. Se sentía como desnudo, triste, solitario, pequeño. La situación era extremadamente desconcertante. Todo lo que intentó fue en vano.

Ahí, desolado, buscó ayuda. Y como nadie en este mundo lo podía auxiliar, buscó en el otro.
Hace años que no se persignaba. Pero con la humildad que da estar en una situación así, hizo el gesto.

Pidió, pidió y suplicó que algo pasara. Un milagro. No se podía estar peor. Tan incómodo, con ganas de desaparecer, de volver a despertar y descubrir que esto no estaba realmente pasando.

De pronto, algo. Abrió los ojos y volviendo a creer en Dios, le agradeció. Volvió a confiar en esa fuerza invisible que hace que las cosas que uno quiere, pasen. Fue increíble. Después de veinte intentos por tirar la cadena, al fin funcionó. El agua volvió.

Y ahí, mientras se vestía y rociaba un poco de perfume, le agradeció al Altísimo y le prometió algo que nunca cumpliría.

viernes, julio 29, 2005

Querido diario

El viaje al sur fue un fracaso.
No puede ser que haya dejado su bolso abajo y cuando llegue, no esté. Recorrió ocho horas en la más completa normalidad, pero cuando llegó, todo resultó ser malo.

El bolso verde, ese que le habían regalado para el cumpleaños, se desapareció. Por completo. No quedó ningún rastro.
Los gritos y las quejas no sirvieron para nada. Tres horas de reclamo no fueron suficientes. El bolso seguramente se había quedado en el sur, caído del bus, fue comido por ratones, confiscado por carabineros o cualquier cosa. La ropa, se compra. Los artículos de aseo, también. El indio pícaro que traía de regalo… si nadie supo que existía, no existió. Pero el diario de vida, que por flojera no sacó del bolso, se perdió. Y es irreparable.

¿Cuántas personas ya lo habrán leído? ¿Estarán festinando los campesinos con sus historias más secretas? ¿Sabrán de su enfermedad? ¿De su debilidad por las obleas? ¿Por el mazapán? ¿Por el chorizo con mayonesa? ¿Habrá llegado a Santiago el diario? ¿Cuántos ya lo abran leído? ¿Todo Santiago sabrá de su vida? ¿De aquella noche? ¿De la estrella que le regalaron? ¿Del nombre que le puso?

Se arrepintió tanto de no haberlo sacado del bolso. No se atrevía a levantar la cabeza. Todos, tarde o temprano, sabrían sus secretos.

Así, avergonzada como nunca, subió a un taxi rumbo a su casa.

En el semáforo, la luz roja los detuvo. Un vendedor se acercó a su ventana, la miró fijo a los ojos y mostrándole una caja roja de plumavit, le ofreció la tradicional oblea bañada en chocolate. Cerró la ventana rápidamente y se tapó la cara con el chaleco.

Llegó a su casa llorando, prometiendo no salir nunca más.


jueves, julio 28, 2005

Leche

Volvió del supermercado, abrió las bolsas, le sacó ese maldito nudo que sólo ese cabro chico con chasquilla sabe hacer y fue directo al yoghurt.

En el fondo fue al supermercado pensando en traerse ese yoghurt.
No lo anotó en la lista porque no era necesario.

Anotó cada una de las verduras, los plátanos, el papel higiénico, la pasta de dientes, las salchichas, el detergente, la leche, las 2 bebidas de la semana y el cosito pa' darle olor al auto. Pero el yoghurt, ¿pa' qué? Si a eso iba.

Sacó las cajas de leche, las guardó rápido, igual que las bebidas y las 6 salchichas. Sacó el yoghurt. Caminó tres pasos atrás, abrió el cajón y sacó una cuchara chica, para disfrutarlo mejor.

Se fue directo al living, prendió el equipo de música, puso la quinta sinfonía, se sentó en el berger y abrió delicadamente la tapita del yoghurt.

Por costumbre, miró detrás de la tapa por si estaba la mitad del auto, de esa promoción de los '80. Sacó la lengua y se aprestó a limpiarla la tapa.

La cara de asco fue increíble. Cuando logró abrir los ojos, levantó el yoghurt y vio lo que no quería. Venc. 13 02 05.

Fue el peor abril de su vida.